sábado, 15 de agosto de 2015

A la B

Lo que duró la noche del viernes resulto ser una eternidad. Yo estaba nervioso porque al día siguiente nos jugábamos la permanencia en primera división y quizás, si los planetas se alineaban y el DT. se levantaba con el pie derecho me haría debutar. Cosa que no estaba muy seguro de querer hacer ya que los nervios eran enormes.

En el primer tiempo por un desgraciado contraataque la pelota pasa como pidiendo permiso entre las piernas de nuestro arquero luego de que nuestros defensores se chocaran entre si al querer detener a Corbalán, el siete que tienen ellos que es una maravilla, es rapidísimo y le pega tan dulce que le saca lustre a la redonda.

Llevaban transcurridos veinte minutos del segundo tiempo cuando el técnico con ojos dubitativos y con un tono de voz como si no estuviera seguro de lo que estaría por decir, me dice <<Pibe, anda a calentar>>. Quería descomponerme, que la tierra me tragase, morir. El marcador continuaba cero a uno y encima el segundo gol estaba al caer.

De repente el juez pita una falta por demás subjetiva a treinta metros de nuestra meta. El siete se coloca detrás de la pelota a unos 5 pasos y por un instante me pareció ver que tenía entre ceja y ceja tatuado nuestro arco.

Paré con los trabajos de calentamiento y me dispuse a pellizcarme la zona intima masculina, del lado izquierdo. Vi en cámara lenta a Corbalán pegándole a la pelota con una delicadeza tal que si hubiera sido un huevo de gallina gigante no se hubiera rajado de ninguna manera. La pelota suavemente le da un beso al poste derecho de nuestro arquero en la cara externa y se pierde por la línea de fondo. Nos queda una vida más en esta guerra pensé, y seguramente también lo pensó desde el presidente del club hasta el canchero Ramón.

- Cambio juez!. Grita el DT. y me mira. - Adentro pibe!

Salió Fortunato por mí al minuto veinticinco, un volante por derecha por uno al que le temblaban las piernas en cualquier parte de la cancha.

La pelota iba y venía, yo corría para un lado y para el otro molestando tan solo al camarógrafo que desde donde estaba ubicado mi cuerpo siempre le tapaba la jugada.

Por una de esas maravillas que tiene el fútbol se sanciona un córner a nuestro favor. Obviamente la jugada se gestó en la otra banda y obviamente el camarógrafo no pudo capturarla.

Faltaban cuatro minutos para que finalice el partido y aún no había tocado ni las pelotas de reposición que se usan en los laterales. Era mi debut y mi defunción si todo terminaba así, perdiendo descendíamos, necesitábamos si o si el empate para poder descansar hasta la próxima temporada.

Ahí fue cuando el zurdo Mansilla pidió patear el córner. Con una frialdad que te carcomía los huesos la manda que parecía al centro de la cancha, pero por el tema de la física y la aerodinámica en el fútbol cambia de rumbo y se dirige al punto de penal. Yo estaba parado a menos de dos metros de la manchita circular del pasto. Nunca había estado ahí en mi vida, ni sabía que existía esa parte de la cancha.

Tenía que aprovechar esa ocasión, el zurdo me tiraba esa pelota a la cabeza para que pueda mandarla a guardar y nos vayamos todos felices al vestuario. Un grande el zurdo.

Eternos los segundos desde que Mansilla pateó hasta que la pelota empezó a bajar. Entre el sol que cegaba mis ojos y que la redonda estaba cada vez más y más baja sentía más y más presión. Resolví por tomar aire, cerrar los ojos, saltar y si dios existe, clavarla en un ángulo. Al mover el cuerpo para poder acertar el cabezazo correcto me pareció ver nuevamente el sol, pero lo que vi realmente cuando abrí los ojos y pude ver a través del césped fue a la arquero dándole un puñetazo al poste y a todos mis compañeros corriendo a abrazarme y felicitarme. Goooollll!!!!! Nos salvábamos.

Y nos salvamos. Empatamos la guerra lo que nos bastó para respirar hasta la próxima temporada. Felices!

Al día siguiente cuando me desperté, vi a un sujeto vestido de blanco que hurgaba en los cajones de lo que parecía ser mi mesa de luz. Intenté sentarme para detener a ese que me parecía un delincuente pero me resulto imposible. Tenía la cabeza atada a un aparatejo extraño, como los que se ven en las películas en escenas con personas a punto de ser torturadas.

- Que es todo esto? Quien es usted?.- Le grito mientras sentía no reconocer mi propia voz.
- Disculpe, señor, soy el Doctor Goldstein, su neurólogo.
- Neurólogo? Que quiere decir? Que está pasando aquí?.-Me sentía cada vez más y más asustado.
- Mantenga la calma señor Ramírez. Usted ha estado en coma durante dos meses luego de sufrir un duro golpe en la nuca. Debe descansar. -Su voz resultaba relajante.
- Un golpe? Dos meses?.- Sentí en ese momento que las ruletas paraban de girar en todos los casinos del mundo, que se sincronizaban los picos máximos de ansiedad en todas las situaciones existentes y grite.
- Nos fuimos a la B??!! Nos fuimos a la B!!!!


L.B.


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